P. Jean-Yves Calvez

El aporte de Juan Pablo II al pensamiento político de la Iglesia

P. Jean-Yves Calvez, politólogo y teólogo, profesor del Centre Sèvres de París y miembro de CERAS, el centro de investigación y acción social de los jesuitas, presidente del Foro Ecuménico Social, autor de numerosas obras.

El Papa alertó sobre la invasión de la democracia por un relativismo radical y la reducción a meros procedimientos, sin valores superiores, inviolables.

Los pontífices romanos, pienso, que más han contribuido a una enseñanza de la Iglesia sobre lo político en el siglo 20 son dos: Pio XII, por su aporte sobre la democracia y Juan XXIII; más universalmente éste: es él quien ha dado pleno reconocimiento a los derechos humanos, quien ha puesto en primera línea la «participación» política, la democracia, pero en otro sentido, más completo que el de Pio XII. Es el también que ha afirmado que la doctrina tradicional de la guerra justa tenía que cambiar.

¿Qué pensar de Juan Pablo II, el tema del Padre Agustín, en comparación? Juan Pablo II ha intervenido también mucho, inscribiéndose sin embargo en mucho en la línea de su antecesor Juan XXIII. En cuanto a los derechos humanos en primer lugar, que tanto espacio ocupan en su primera encíclica, Redemptor hominis, en 1979, Juan Pablo II por cierto verdaderamente ha luchado ellos. Hay, a pesar de todo, una diferencia entre los dos pontífices. Juan XXIII habla de los derechos humanos como derechos naturales a los que accede todo pensamiento humano. Sin excluir este punto de vista, Juan Pablo II subraya la fuente evangélica, cristiana, «crística », de estos derechos, casi con exclusivismo, esto pudiendo cortar la relación con el pensamiento humano universal.

Juan Pablo II, en segundo lugar, tomó posición sobre la detención de la proliferación de las armas nucleares para la disuasión. El Concilio Vaticano II había admitido la disuasión, incluso disuasión por la detención de armas nucleares, en forma provisoria, hasta que la humanidad haya encontrado sistemas de arreglo de conflictos internacionales. En 1983, en un momento de gran tensión entre las superpotencias (peligro de instalación de cohetes americanos frente a cohetes soviéticos en Europa), confirmó dicho carácter provisorio pero con estricta condición de trabajar activamente para establecer nuevos modos de arreglos no bélicos de los conflictos internacionales, lo que mucho demoraba...

En tercer lugar ha estado delante de Juan Pablo II en forma renovada el problema de la democracia. En forma renovada, quiero decir, en modo problemático, lo que había cesado casi del todo a partir del papa Pío XII. La adhesión de la Iglesia a la democracia podía en efecto aparecer como sin restricción alguna. Entendamos la adhesión a la democracia sustancial, esto es a la participación popular, en comparación con los autoritarismos (no controlados por el pueblo). En este sentido la democracia no era un régimen entre los regímenes, sino una exigencia universal, válida para todos regímenes.
No negando esto, Juan Pablo II ha tenido la impresión, por lo menos en la parte última de su recorrido, de la invasión de la democracia por un relativismo radical y como una reducción de la democracia a meros procedimientos, en particular de debate/discusión pero con conclusión satisfactoria siempre por voto mayoritario. Meros procedimientos quiere decir sin que haya alguna verdad, algunos valores superiores, inviolables, intocables en el proceso democrático. No se asoció por tanto a un fundamentalismo; más bien declaró el cristianismo lejano de cualquier fundamentalismo y consecuente autoritarismo -estamos por el principio «libertad»-, pero suplicó que los cristianos por su cuenta nunca dejen de afirmar la verdad que han encontrado. Hasta dudó a un cierto punto de la doctrina tradicional de la diferencia entre legal civil y moral, lo legal civil pudiendo exigir menos que la moral (en particular católica) por razones de paz civil. Se encuentran estos puntos de vista tensos en las encíclicas Centesimus annus, Veritatis splendor y Evangelium vitae, de 1991, 1993 y 1995.
Más globalmente afirmó que la Iglesia es favorable a la democracia, pero reconoce una primacía sobre esta misma al Estado de derecho. Cualquier comunidad política tiene que existir primeramente como 'estado de derecho'. La democracia es, en este sentido, algo subordinado.
Finalmente añadiría: habiendo, no sin razón, dado la práctica democrática actual, abierto este problema, lo ha dejado en cierto sentido inacabado. Nos ha dejado en cierto estado de insatisfacción, en una situación un poco polémica. Esto hace el aporte de Juan Pablo II a lo político importante, y sin embargo en algún modo contrastado, no plenamente acabado. El padre Agustin dirá si él queda con la misma u otra impresión. Ha estudiado mucho la relación del pensamiento de Juan Pablo II con el de Jacques Maritain. ¿Esto, en parte, orienta hacia otros horizontes, tal vez? Nos lo dirá también.

Reflexiones en torno al libro "Juan Pablo II y la democracia", del P. Agustín Espina (editado por Lumen).

 

Jean-Yves Calvez