Son muchos los que en este siglo pretendieron cambiar sociedades enteras, eliminar las desigualdades, desarmar las causas de las guerras, y responder los interrogantes más profundas del ser humano, que tienen que ver con el amor y con el odio, con el bien y con el mal, con el dolor y con el deseo de felicidad, con la muerte y con la posibilidad de la trascendencia, y por tanto de Dios, de ángeles y demonios, del infierno o del paraíso.
A partir de esa búsqueda se generaron las ideologías de la salvación y las utopías. Algunas se construyeron sobre la base de un férreo dogmatismo, con la violencia como método ineludible que permitía la toma del poder político y desde un Estado autoritario decidir sin apelación las acciones de los hombres. No se buscaba el diálogo. No se aceptaba lo diverso. Lo que valía era la supresión del contrincante, para que solo prevaleciera la ideología oficial. No importaba que murieran millones si lo que se perseguía era la salvación de la humanidad. El cambio vendría de arriba hacia abajo, desde la cúpula de un poder despótico iluminado hacia el común de la gente. La razón debía acomodarse a los dictados de esa ideología. La libertad estaba suspendida por causas de fuerza mayor. Vimos ejemplos claros en el comunismo y en el capitalismo.
Otra línea parte de los socialistas utópicos, de los anarquista ultraliberales, no violentos, que descreían del poder del Estado y que llamaban a la sensatez, al uso de la razón y de la libertad, para levantar comunidades en las cuales se apuntara al diálogo, al entendimiento, aquí y ahora, sabiendo que el paraíso o el infierno son posibles en cada instante de la vida y que no es necesario aguardar al futuro para ver la tierra prometida mientras hoy se vive en la hoguera del demonio.
Mientras los primeros avanzaban, destruyendo todo lo que podían, había otros que silenciosamente continuaban con su argumento humanista. Como los reyes de los que escribió Jorge Luis Borges en “Qué es el budismo”, quienes –avergonzados- resolvieron ponerse de acuerdo de manera pacífica y repartir el agua. Poco después llegaron las lluvias y hubo riego para todos. O como Borges imagina en "Los justos" a esas personas que se ignoran y están salvando al mundo. “Feliz el que no insiste en tener razón, porque nadie la tiene o todos la tienen”, escribe Borges en su “Evangelio apócrifo”.
También Borges en "Los conjurados" escribe sobre hombres de diversas estirpes, que profesan diversas religiones y que hablan en diversos idiomas, que han tomado la extraña resolución de ser razonables, han resuelto olvidar sus diferencias y acentuar sus afinidades. En el centro de Europa, en Suiza, hicieron crecer una torre de razón y de firme fé. "Mañana serán todo el planeta", profetizó desde allí Borges y en Ginebra murió, dejándonos un testamento maravilloso en su última obra, Los Conjurados.
Cuando se desató la tremenda crisis en la Argentina, en el 2001, un grupo de hombres de muy distintos sectores de la sociedad, empresarios, líderes de ONGs y religiosos de distintas confesiones, nos reunimos en una fecha dramática –se caía el gobierno y estallaba la violencia- y leímos “Los conjurados”, de Borges. De alguna manera esas palabras ya sintetizaban la singular experiencia que estaba comenzando con lo que luego se llamó el Foro Ecuménico Social, que fue pasar de una cultura de contraposición a una cultura de relación y de diálogo. Veníamos de diversos sectores, existían grandes prejuicios, pero aprendimos a conversar con los que tenían ideas opuestas y tratamos de elaborar un lenguaje común. En una sociedad fragmentada empezó a construirse un faro de iniciativas, para recomponer el contrato social. Trabajamos en función de un diálogo generador de proyectos concretos, realizados entre personas muy diversas.
También Borges advertía que la falta de ética era la causa principal de los males que nos aquejan. Pero frente a esa realidad decía que era necesario luchar para reconstituir una conducta ética. Y eso es lo que se planteó el Foro, buscando generar una nueva dirigencia, no solo política sino en todos los órdenes. Si no cambia la sociedad, no cambiará la política.
Borges parece afirmar y negar a la vez la posibilidad de una gesta heroica que redima a la humanidad. Dice por ejemplo: Bienaventurados los que no tienen hambre de justicia, porque saben que nuestra suerte, adversa o piadosa, es obra del azar, que es inescrutable. No lo convence entonces el voluntarismo que animó tantas acciones y particularmente tantas guerras. Pero casi a continuación afirma: Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque les importa más la justicia que su destino humano.
No importa ganar batallas, no importa el éxito, la victoria. Lo que importa es el ejercicio de una libertad que nos haga dignos. Escribe: Bienaventurados los misericordiosos, porque su dicha está en el ejercicio de la misericordia y no en la esperanza de un premio.
Nadie es un héroe, nadie deja de serlo, como él enseña: Nadie es la sal de la tierra: nadie, en algún momento de su vida, no lo es.
Los actos de los hombres no merecen ni el fuego ni los cielos.
No exageres el culto de la verdad; no hay hombre que al cabo de un día, no haya mentido con razón muchas veces.
Pero ese mismo hombre que se traiciona es el mismo que debe mantener sus mejores convicciones. Resiste al mal, -propone- pero sin asombro y sin ira. A quien te hiriere en la mejilla derecha, puedes volverle la otra, siempre que no te mueva el temor.
En las mejores intenciones se pueden esconder los peores miedos. Eso no nos debe anular. De la misma manera que el narcisismo puede disfrazar nuestros egoísmos bajo un ropaje altruísta. Por ejemplo, Borges explica: Hacer el bien a tu enemigo es el mejor modo de complacer tu vanidad.
Todas las empresas son vanas. Por eso sugiere: No acumules oro en la tierra, porque el oro es padre del ocio, y éste, de la tristeza y del tedio.
En vez de acumular, lo importante es dar, a todos, aun a los que parece que no lo merecen o que no van a entender nuestro gesto. Borges dice: Da lo santo a los perros, echa tus perlas a los puercos; lo que importa es dar.
I try to be an ethical man, trato de ser un hombre ético, afirmaba Borges en The Royal Society of Arts en Londres en 1983. Es lo que tratamos de ser en el Foro.
Borges, una filosofía de vida
En “Los conjurados”, de Borges se sintetiza la singular experiencia que comenzó con el Foro Ecuménico Social para pasar de una cultura de contrapo-sición a una cultura de relación y de diálogo.
Borges, una filosofía de vida por Fernando Flores
Director de la revista Foro E y del Foro Ecuménico Social.
“Feliz el que no insiste en tener razón, porque nadie la tiene o todos la tienen”, escribe Borges en su “Evangelio apócrifo”.


