Este es su relato:
Tiempo atrás, tres hermanitas –Alejandra, de ocho años; Daiana, de seis y María, de cinco– ingresaban en nuestro Centro Integral Casa del Niño Lourdes. Este año se unió a ellas también su hermanito Junior. Hace tres años la madre los dejó para unirse con otro hombre. El papá se había hecho cargo de ellos y los sigue acompañando con gran amor y dedicación. Cuando el hombre llegó a nuestra casa, enseguida lo recibimos. Viven en dos habitaciones y ahora, con una ayuda municipal, está ampliando la vivienda.
Las nenas se integraron pronto. Sin embargo, meses después comenzaron a manifestar los síntomas del abandono. Sobre todo la más pequeña, María, que gritaba y pateaba mientras lloraba con gritos desesperados. Más de una vez presencié su desesperación; la tomaba en brazos y la tenía conmigo hasta una hora completa para que dejara de llorar. Poco a poco se calmaba y retomaba sus actividades. Durante el almuerzo, cuando advertía que María no quería comer, la sentaba cerca y conversaba con ella mientras le cortaba la comida.
Fue así que, poco a poco, se creó un clima de confianza en ella. Cuando yo llegaba a la Casa del Niño –todavía pasa hoy, que María ya tiene 8 años– era la primera en correr a saludarme. Me conmueve cuando estoy recogiendo las hojas con el rastrillo y ella aparece a mi lado para darme una mano.
En estos años María cambió muchísimo: se la ve feliz y sonriente. En la escuela la eligieron mejor compañera. El amor de todos la ayudó a renacer y a florecer.
En los primeros días de abril de este año, cuando yo estaba de visita en la Casa, María se acercó para recordarme en voz baja que faltaba poco para su cumpleaños. Le pregunté qué regalo deseaba y me dijo que le gustaría una cocinita para jugar. A la semana, mientras estaba celebrando la misa, recordé el cumpleaños de María. Vi que en la iglesia estaba también María Laura, madre de tres hermosos chicos y propietaria de un negocio de telas. Al terminar la misa le comenté el deseo de María y le pedí si podía comprarme el regalo en una juguetería. Al otro día, María Laura y una de sus hijas llegaron con una caja enorme.
El sábado, cumpleaños de María, tuve que dar clases en un centro catequético de la diócesis. Dado que María no vive lejos de allí, llevé en el coche su regalo y en el intervalo fui a verla. No sabía cuál era exactamente la casa en esa zona tan pobre del barrio y llamé en una para preguntar. Desde la ventana un hombre me gritó muy enojado que no tenía interés en comprar nada. Me dio risa la respuesta y pensé qué triste debía ser cuando a un vendedor le cierran todas las puertas.
Finalmente llamé desde el celular a Silvita, de la Casa del Niño, y con sus indicaciones di con la vivienda. Al golpear salieron corriendo María y sus hermanas. No imaginan los ojos de María cuando vio el regalo. Tuve que saludarlas rápido y volver a dar mi curso. El domingo por la mañana, el papá vino a saludarme a la capilla y no sabía cómo agradecerme.
El martes de la Semana Santa tenía programado visitar enfermos y confesar a varias personas. Imprevistamente me llamaron desde la Casa del Niño porque había que decidir algunos arreglos. Al llegar me di cuenta de que los trabajos eran más complicados de lo que había imaginado. Finalmente, pasado el mediodía, dimos con la persona que debería ocuparse. Me sentía cansado y molesto por tantos imprevistos que habían cambiado mi programa. Cuando regresé a la Casa a media tarde, encontré un cuaderno muy lindo con textos de niños que comentaban la oración del Padre Nuestro. Dado que María comienza este año su catequesis para la Primera Comunión, pensé que podía servirle. Los chicos ya se habían retirado. Sólo quedaban María, Daiana y Junior, que esperaban al papá. Ni bien me vio, María vino corriendo a saludarme. Le dije: “Tengo otro pequeño regalo para vos”. Y ella, abrazándome con cariño, me contestó: “Pero Francisco, vos sos un regalo de Dios para mí”. Quedé sin palabras, emocionado.
Es difícil describir lo que experimenté en ese momento. Vi como en una película todo lo que la Casa del Niño había significado para María durante tres años. Creo que jamás en mi vida olvidaré sus palabras. Ella era como un sol después de un día gris. Viví la Semana Santa y la Pascua con esa frase de María grabada en el alma. Recordaba las palabras de Jesús: “Te agradezco, Padre, porque escondiste estas cosas a los sabios y a los prudentes y se las revelaste a los niños”. Como un ángel, la pequeña María parecía anunciar que Jesús estaba vivo y presente. A todos les dije que la Pascua es el regalo de Jesús que Dios nos hace a cada uno.


