Presidente del Foro Ecuménico Social, director del Departamento de Etica Pública del Centre Sèvres de París y profesor del Institut Catholique de París.
Lo político, después del período de la ideología del “Estado mínimo”, está de vuelta, porque los daños que produce una economía sin regulación son muy grandes y la única que puede en definitiva ayudar es la política...Todo esto llama a formar una sociedad en un sentido nuevo, a desarrollar una cultura social.
Claramente hay una nueva necesidad de concepción empresarial y de gestión empresarial. Pero, más generalmente, la necesidad, para todo el mundo, de una nueva cultura social. Y estos dos aspectos están profundamente interrelacionados. Empezaré con un análisis de la situación que nos lleva a estas preocupaciones.
Elementos significativos del tiempo
Hubo un tiempo –en períodos recientes– de autonomía casi absoluta de lo económico: hubo en la mente de muchos el presupuesto de una total separación de lo económico con respecto al resto de la vida social y de las preocupaciones sociales y políticas. Esta idea se presenta más en la Argentina de los años 90 que en Europa por ejemplo.
Naturalmente, se consideraba que esa autonomía estaba finalmente a favor de la sociedad. Hoy se descubre que las decisiones importantes para los hombres son políticas. Algunas cambiaron “la vida” para muchos, inclusos para las agrupaciones económicas más grandes. Un ejemplo ha sido la admisión de la China a la OMC. Esta es finalmente la gran cuestión y trae aparejadas grandes implicaciones para países como Japón y Taiwán. Todo esto es altamente político. Es ya político en sí mismo el desarrollo económico prodigioso de aquel país inmenso que puede llegar a la zona del primer nivel de las potencias mundiales.
Alrededor de 1989 o 1991 se pudo pensar en una pacificación apolítica, como una desaparición de la violencia y de la necesidad de luchar contra la violencia. Esto se ha llamado “fin de la historia”: instalación definitiva de un libre mercado favorable a todos y de una forma blanda de Estado democrático. Todos sabemos lo que ha acontecido después. En primer lugar, el asunto de la introducción de China en el circuito de los intercambios internacionales. Por otro lado, el atentado del 11 de septiembre 2001 en Nueva York y Washington; Atocha, 2004, en Madrid; los atentados del subte de Londres en 2005; las guerras de Afganistán y de Irak. Todo esto describe un mundo difícil, muy político, con incidencias sobre toda la economía.
Han surgido también los riesgos ecológicos, algunos de un tamaño inaudito, que una empresa de ayer podía ignorar y se propagaba entonces la teoría de la irresponsabilidad de la empresa que no tenía otro criterio de acción que el de hacer ganancias. Lo demás, como la protección social, le tocaba al Estado, que, desde luego, se concebía independiente y como si tuviese los recursos para su acción sin que le vinieran estos de las empresas, del trabajo de todo el pueblo.
Por ésta y por otras razones se habla hoy, cada día más, de empresa ciudadana, una expresión rotundamente rechazada en sectores tradicionales de las escuelas de negocios de ayer. Claro es que no se va a decir que una empresa es responsable de todos aspectos del bien de los ciudadanos, pero es ahora evidente que las empresas, como además los individuos en cuanto consumidores, participan en la responsabilidad del bienestar ecológico.
En parte, se agravan muchos problemas porque las empresas, sobre todo las grandes, dependen en mayor medida que ayer de las finanzas, que ya no son propiedad de éstas, sino de grandes grupos financieros y de especuladores que directa o indirectamente toman las decisiones más importantes. En todo caso la influencia de las finanzas es hoy decisiva, para el bien o para el mal, en cuanto a la economía productiva. Hablamos de financiarización, bien conocida de todos ustedes, con sus ventajas y sus peligros.
Esto trastorna, cambia la gestión empresarial. En particular destruye su independencia, celosamente custodiada ayer cuando, en cierta forma, todo era bastante estable. Por el contrario, todo está hoy en constante movimiento. Basta pensar en los frecuentes cambios de nombres de tantas firmas, por dislocación, fusión, recombinación o combinaciones nuevas. Psicológicamente, esto pone a la gente de empresa, incluso a sus más altos dirigentes, en situación de precariedad, de incertidumbre, de pérdida de iniciativa y, consecuentemente, de pasividad.
Novedades en comparación con el momento de posguerra
Me acuerdo del momento de la introducción de la problemática empresaria en la enseñanza social de la Iglesia Católica en los años posteriores a la segunda guerra mundial. Un concepto muy fuerte en aquel tiempo era el de re-inversión, auto-inversión. Casi se hubiera podido pensar en la empresa teniendo en sí misma la totalidad de su entorno, o bien no había entorno, estaba sola en el mundo y no inmersa, como lo está hoy, en un océano de finanzas, océano de operaciones con multitud de actores fuera del control de la empresa.
La problemática de las reformas de la empresa de ayer eran las del trato inhumano de muchos, no realmente integrados en ella, porque se conocía la sociedad de capitales o el capital patrimonial, dueño verdadero y único. Por una razón general de cultura personalista, al terminar la segunda Guerra Mundial se afirmó que todos habían sufrido juntos durante la guerra, que la empresa era una comunidad y que debía organizarse en modo comunitario. Toda la Doctrina Social de la Iglesia consistió así, en aquellos años, en la afirmación del carácter comunitario de todo el grupo de personas, tanto accionistas como administradores y trabajadores. He aquí una frase decisiva del papa Pío XII, primer autor de esta consideración de la empresa después de la segunda guerra mundial: “La función económica y social que todo hombre aspira a desempeñar, exige que no esté totalmente sometido a la voluntad de otro el despliegue de la actividad de cada uno. El jefe de empresa aprecia ante todo su poder de decisión autónoma: prevé, ordena, dirige, asumiendo la consecuencia de las medidas que toma. Sus dotes naturales se emplean en la función de dirección y se convierten en principio del despliegue de su personalidad y de su gozo creador. Pero, ¿negará a sus inferiores lo que tanto aprecia en sí mismo? Una concepción humana de la empresa debe, sin duda, salvaguardar, por el bien común, la autoridad del jefe, pero no puede él aceptar un atentado tan penoso contra el valor profundo de los agentes de ejecución”.
El Concilio Vaticano II dirá, después: “En las empresas económicas son personas las que se asocian, es decir, hombres libres y autónomos, creados a imagen de Dios. Por ello, teniendo en cuenta las funciones de cada uno, propietarios, administradores, técnicos, trabajadores, y quedando salvo la unidad necesaria en la dirección, se ha de promover la activa participación de todos en la gestión de la empresa”. La solidaridad de los integrantes de la empresa (solidaridad interna) parecía fundamental –parecía el verdadero problema– de toda la economía: crecería, se pensaba, a partir de este crecimiento, la solidaridad externa o global también.
La nueva cultura social que se abre camino es, en gran parte, el resultado de las interdependencias que hoy en día se están generalizando en muchos aspectos y que han vuelto a manifestarse fuertemente, ya que anteriormente se habían manifestado otras olas similares. De hecho, tenemos que añadir, ha habido y hay en efecto en estas décadas un fuerte crecimiento del individualismo, en el sentido de más autonomía e independencia, de la mayoría de los hombres, particularmente por el progreso de la educación escolar (el pasar de un número tan grande de personas en pocos años a un nivel de educación secundaria), el acceso individualizado a fuentes de información inmensas, etc.
Demasiado fácilmente se concluye de esta visión del progreso del individuo que hay que contar sólo con el interés de cada uno, que en un cierto sentido ya no hay ni tiene que haber sociedad, sino puramente contractual. Pero aún el consumidor poco enterado de los misterios de la economía, visitando los supermercados y comprando sus camisas y pantalones, se da cuenta hoy de la presencia universal de los productos textiles chinos y, al aprender consecuentemente su personal la pertenencia al mismo mundo que los productores chinos, descubre que, directa o indirectamente, tiene que discutir o negociar con ellos, descubre que formamos con ellos sociedad, querámoslo o no.
El movimiento de globalización concreto hace descubrir, cada día más, que no podemos desinteresarnos de la suerte de tantos con los que tenemos de hecho mucha frecuentación, cuando también nuestras empresas están atraídas a deslocalizarse, formando así parte de una sociedad o comunidad muy grande.
Nueva cultura social
Esta gran sociedad necesita su humanización. No es fácil por cierto organizarla adecuadamente. No es sólo cuestión de tener que negociar internacional y mundialmente acuerdos, contratos, sino también que muchísimos se encuentran hoy, por las relaciones económicas, culturales y turísticas, que son ciudadanos de un sólo conjunto. Hay una nueva cultura social también en el sentido que participamos de una amplia red común de información, obras culturales y todo esto refuerza el sentido de mutua pertenencia.
Lo político, por otro lado, después del período de la ideología del “Estado mínimo”, está de vuelta, porque los daños que produce una economía sin regulación son muy grandes y la única que puede en definitiva ayudar es la política: somos conciudadanos y consecuentemente no podemos desaprovechar esta posibilidad para resolver los problemas nacidos de la economía desregulada.
Todo esto llama a formar una sociedad en un sentido nuevo, a desarrollar una cultura social. Muchos de los fenómenos a los que aludí tienen una larga historia, sin embargo, estamos en un momento de notable aceleración.
Cómo puede la empresa responder
La empresa puede responder, o contribuir a la respuesta, de muchas formas. Lo primero que se necesita es tomar conciencia de estas realidades y posibilidades.
La empresa puede responder, después, con la cooperación entre empresas en muchas cosas, incluso en la cooperación para defenderse de la disolución por lo financiero, cooperación en lugar de una competencia pura y fatal de la que se alimenta la especulación, que se aprovecha de una empresa a expensas de otra (u otras).
La empresa responde también situándose delante de la nueva cultura social, participa en ella, contribuye a las iniciativas de toma de conciencia de los peligros ecológicos, por ejemplo. En función de la nueva cultura social requerida, es evidente que las obligaciones sociales no empiezan con las solas leyes estatales.
Empresa ciudadana, por otro lado, no es la que se hace presente en la esfera local mediante algunas acciones sociales visibles sólo para su acreditación, para su nombre, para su publicidad. El problema del desarrollo sustentable es de mayor amplitud que estas propuestas cosméticas.
Entendiendo bien la “sociedad”
Hay que entender bien la restauración de una dimensión de sociedad que comporta la nueva cultura social exigida hoy. Se trata de reconocer –nos obliga ya a esto la actualidad de las interdependencias– que no hay existencia individual sin otro. No se vive como las entidades espirituales que somos si no por el reconocimiento de otro y otros. Me hace persona otra persona.
Tal vez la nueva cultura social que se impone hoy nos lleve a una concepción mucho más equilibrada de la relación persona/comunidad que los puntos de vista enfrentados de un pasado: me refiero al socialismo y al liberalismo por ejemplo. Supongo, sin embargo, que estamos sólo en un inicio en cuanto a la empresa, después de un período a partir de la segunda Guerra Mundial, en el que toda la humanización era un proceso, y ciertamente muy útil, al interior de ella.
Cuestiones claves para la acción empresarial
En primer lugar, ya hay más integración de las empresas al conjunto de la vida social o vida económico-social. En parte a través de las finanzas que lo penetran todo y de las que nadie se puede independizar, en parte a través de los problemas ecológicos que antes se podían casi ignorar y que por el contrario marcan hoy en modo decisivo la dependencia de todos. Las empresas tienen que entrar explícitamente cada día más en estas problemáticas, que ya no son exteriores para ellas.
Proseguiría, aún sin haber hablado mucho de esto en mi ponencia, diciendo que no nos podemos desentender, en particular, del problema de la ocupación, que es el problema del nivel de vida para la gran mayoría.
En otros tiempos, las empresas tenían sobre todo que humanizar el trabajo en sus propios procesos, ahora estamos delante de un problema de conjunto: no hay en general redistribución apta de la producción obtenida si no a través del trabajo, y sin tal redistribución por el trabajo no puede haber un nivel de vida decente para todos aunque la economía de una región, de un país, sea aparentemente rica, próspera. Los ejemplos trágicos son los de economías exportadoras, con muy altos niveles de exportaciones y de producto bruto interno, y sin embargo con mucho desempleo, poco consumo interno, mercado interno miserable. Pienso en los grandes vendedores de materias primas (también agrícolas): Rusia, tal vez Argentina. Son ricos con muchos pobres, demasiados desocupados y poca actividad interna.
Una economía es viva si es viva toda, no basta con un resultado colectivo, exportación total, renta nacional. Así que es decisivo crear empresas multiplicadas. Precisamente, la falta de esta multiplicación de actividades que conduzcan a muchos intercambios internos es, todavía, el subdesarrollo.
Quiero concluir diciendo que las distintas empresas tienen que asociarse para muchas finalidades, no pueden ser islas, a pesar de la fuerte tendencia autonomista. Más inmersas hoy en muchos aspectos de gran amplitud, financieros, ecológicos, etc., no pueden gestionar sus problemas sin entrar en colaboración, en asociación.
FRASES DESTACADAS
Hubo en la mente de muchos el presupuesto de una total separación de lo económico con respecto a las preocupaciones sociales y políticas...Se consideraba que esa autonomía estaba finalmente a favor de la sociedad. Hoy se descubre que las decisiones importantes para los hombres son políticas.
Al terminar la segunda Guerra Mundial se afirmó que la empresa era una comunidad y que debía organizarse en modo comunitario...La Doctrina Social de la Iglesia afirmó el carácter comunitario de todo el grupo de personas, tanto accionistas como administradores y trabajadores.
La empresa responde situándose delante de la nueva cultura social, participa en ella, contribuye a las iniciativas de toma de conciencia…Empresa ciudadana, por otro lado, no es la que se hace presente en la esfera local mediante algunas acciones sociales visibles sólo para su publicidad. El problema del desarrollo sustentable es de mayor amplitud que estas propuestas cosméticas.
Ahora estamos delante de un problema de conjunto: no hay redistribución apta de la producción obtenida si no a través del trabajo, y sin tal redistribución por el trabajo no puede haber un nivel de vida decente para todos aunque la economía de una región, de un país, sea aparentemente rica, próspera.
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