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Dilemas del siglo 21

Asesor Principal de la Dirección Regional para América Latina y el Caribe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Profesor Honorario y Doctor Honoris Causa de la UBA. Autor del best seller internacional “Primero la gente”. *

Aunque un país pobre crezca, si es muy desigual los efectos del crecimiento no llegan a la mayor parte de la población. El Siglo 21 debería ser el siglo en que la humanidad dé la batalla contra las grandes inequidades.

El 2009 encuentra al género humano con una explosión tecnológica excepcional. Al mismo tiempo con asimetrías agudas que impiden el acceso de la mayoría a los enormes beneficios de las nuevas tecnologías, y a los bienes más básicos. La crisis en curso, agrava estos problemas.

En 1980, los países más ricos -que albergaban un 10% de la población del mundo- tenían un ingreso nacional bruto que multiplicaba por 60 el de los países más pobres, que albergaban un 90% de la población del mundo.

En los últimos 25 años, la diferencia se duplicó; aumentó a 122 veces.

La Universidad de la ONU midió la distribución de los patrimonios del mundo. El 10% más rico, concentrado en 20 países, tiene el 85% del capital. El 50% más pobre, el 1%.

Las diferencias de ingresos entre el 20% más rico y el 20% más pobre eran de 20 a 1 en 1960, subieron a 60 a 1 en 1990, y siguieron elevándose a 74 a 1 en 1997.

Estas brechas se expresan finalmente en la esperanza de vida. En los países ricos está cercana a los 80 años, en los más pobres, escasamente supera los 50 años.

La ONU ha destacado que “las desigualdades globales en ingresos, y standards de vida, han alcanzado proporciones grotescas”.

Eso se paga caro. Resalta Somavia (Director OIT) sobre la crisis actual que “el tema central es el crecimiento de la desigualdad”. Ya advirtió Koffi Annan: “Sin una medida de solidaridad ninguna sociedad puede ser estable. No es realista pensar que algunas personas puedan derivar grandes beneficios de la globalización, mientras millones de otras son dejadas al margen o arrojadas a la pobreza abyecta”.
Los desafíos impostergables

La situación confronta al planeta con muy exigentes desafíos. El modo en que se enfrenten determinará el futuro. Entre los más importantes:

    Integrar ética y economía

Explicando las causas del desplome de la economía norteamericana dice Obama: “nuestra economía se ha debilitado enormemente como consecuencia de la codicia y la irresponsabilidad de algunos”. Se refería a factores como la falta de ética en las políticas públicas de la era Bush, que dejaron de proteger el interés colectivo, dejando sin regulaciones mercados claves como los financieros, a los operadores económicos que especularon salvajemente, a los altos ejecutivos que llevaron a riesgos extremos sistemáticos a sus bancos, y a Fondos, para obtener los mayores ingresos personales.

Todo eso fue legitimado por una ortodoxia económica, que escinde la ética de la economía, presentando a esta última como un mero proceso técnico. La falta de orientación y control ético de los mercados y de la economía, llevó a lo que el Primer Ministro francés François Fillon llamó “un capitalismo de casino”, donde unos pocos jugaron con los ahorros de todos.

Volver a una economía regulada por la ética es un desafío central para nuestro tiempo.

    Enfrentar la pobreza

Las revoluciones en ciencia y tecnología han generado instrumentos productivos inéditos, desde la biotecnología, hasta Internet. El mundo podría hoy producir alimentos para el doble de su población actual, y satisfacer las necesidades básicas de todos. Sin embargo, más de 1000 millones tienen hambre, 1200 millones carecen de agua potable, 2600 millones no tienen una instalación sanitaria, y 2000 millones no tienen electricidad.

Cada año mueren 9,6 millones de niños por causas evitables, y 500 mil madres de los países pobres durante el embarazo o el parto. En Suecia, por ejemplo, el riesgo de que una mujer muera durante el embarazo o el parto es de 1 por cada 17.400, mientras que en Afganistán es de 1 por cada 8. La esperanza de vida de las japonesas, que es de 86 años, duplica a la que tienen las mujeres al nacer en Zambia, que es de sólo 43 años. La tasa de mortalidad infantil es de 2 por mil nacidos vivos en Islandia, pero de más de 120 por mil nacidos vivos en Mozambique. Mientras que en Noruega muere una madre cada 14 mil partos, en América Latina muere una cada 160. Dice con razón el Presidente del la Comisión de la Organización Mundial de la Salud sobre determinantes sociales de la salud,  Michael Marmot, que “la injusticia social mata a la gente en gran escala”.

    Encarar las inequidades

Las enormes brechas entre los países y en su interior, impiden el desarrollo. Los países pobres pierden anualmente por el proteccionismo de los países ricos, más de 800 mil millones de dólares.

Por otra parte, aunque un país pobre crezca, si es muy desigual los efectos del crecimiento no llegan a la mayor parte de la población.

El Siglo 21 debería ser el siglo en que la humanidad, que derrotó en siglos anteriores la esclavitud, y generalizó los derechos humanos, dé la batalla contra las grandes inequidades.

    Defender el medio ambiente

A pesar de la crisis, el planeta debe encarar cuanto antes a fondo el creciente desequilibrio ecológico. Las graves previsiones del panel premio Nobel integrado por 2000 científicos de 130 países, están siendo sobrepasadas por los hechos. El agregado de gases contaminantes a la atmósfera ha sido en esta década mayor aun que en los 90. Ya los países pobres están inmersos en los desequilibrios. En los últimos años mientras sólo de 1 de cada 1.500 habitantes de países ricos fue impactado por ellos, en los países pobres fue de 1 cada 19.

¿Qué hacer?

Enfrentar estos y otros desafíos críticos requiere construir un modelo económico de nuevo cuño, centrado en la equidad y la inclusión. Un modelo donde todas las personas puedan ser productoras y consumidoras.

Para eso será necesario fijar nuevas reglas de juego en la economía mundial que promuevan el desarrollo de los países más pobres, e incrementen sustancialmente la solidaridad internacional. Por otro lado, diseñar políticas públicas nacionales activas, transparentes, bien gerenciadas, de alta calidad, regular los mercados, desarrollar la responsabilidad social empresarial, que puede ser un aliado formidable de la política pública en áreas como educación y salud, inclusión social y otras, vigorizar la sociedad civil, la participación del ciudadano, el control social, procurar amplias concertaciones entre Estado, empresas, y sociedad civil.

A pesar de la crisis la humanidad tiene un potencial gigantesco, y una base científico-tecnología formidable. Sin embargo, su organización social básica ha demostrado ser totalmente ineficiente, y sesgada hacia unos pocos. Si se persiste en políticas que signifiquen “más de lo mismo”, los próximos años pueden ver crecer la exclusión, la pobreza, las inequidades, y con ellos las guerras, la inseguridad, la xenofobia, y el racismo. Son impactantes los datos recientes sobre el rápido ascenso en Europa de corrientes políticas de ultraderecha, el aumento del antisemitismo, las persecuciones contra los gitanos, y la hostilidad hacia las minorías.

Los desafíos deberían ser enfrentados con perspectivas y políticas que atiendan a los llamados por justicia social, equidad, acceso universal a las oportunidades, derechos que ya estaban contenidos en el pensamiento profético y que hoy se asumen en las exigencias por democracia y economías con rostro humano.

Estas consignas son enarboladas actualmente por amplios sectores del género humano en luchas que van desde el reclamo por democracia en las calles de Irán hasta la demanda de vigorosas políticas de inversión en salud y educación para todos en América Latina.

¿Predominarán las minorías que llevaron a la devastadora crisis mundial actual movilizadas por lo que Obama ha llamado “una codicia desenfrenada” o primará el interés colectivo?
Un gran pensador, Yeshayahu Leibowicz, Premio Israel de Ciencias, sugería en reflexión muy aplicable a la encrucijada actual:
“Uno de los más grandes historiadores ha dicho que la historia humana no es más que una serie de crímenes, de locuras y de desastres cometidos por nuestra especie. Este historiador (Edward Gibbon) ha dicho la verdad, pero no toda la verdad. Es cierto que la historia ha consistido en crímenes, locuras y desastres, pero también ha consistido en la lucha de los pueblos para combatir esos crímenes, esas locuras y esos desastres. La existencia permanente de este combate, en cualquier época y en cualquier sociedad, es el elemento que confiere su significado moral a la historia de la especie humana”.

(*) Lo escribió con el Nobel de Economía Amartya Sen. Ed. Temas, 2009.