Expirado

La Sustentabilidad en la Responsabilidad Empresaria: Casos Ilustrativos

 Marcelo Paladino (IAE - Universidad Austral) habló en la quinta sesión de la cátedra. Esta fue su ponencia:

 El tema de la sustentabilidad de la Responsabilidad Social Empresaria tiene varias aristas complejas. No se trata tanto de hacer, sino también de pensar qué queda después de una acción de responsabilidad empresaria. La segunda cuestión es que la empresa trasciende a través de sus acciones de responsabilidad social; va más allá del contrato económico con la sociedad. 

Entonces, ¿cómo podemos definir sustentabilidad en esta cuestión? En primer lugar por los procesos y, en segundo lugar, por los resultados. Cuando quedan procesos, formas y metodologías de hacer las cosas en una comunidad, queda un aprendizaje instalado que se puede repetir para buscar otras soluciones. Los resultados difícilmente se puedan cristalizar en un momento del tiempo para decir si son buenos o malos. Normalmente los resultados son medidos por las propias empresas que hacen las acciones. Y no son de fácil auditoría. 

Cuando se plantean proyectos de RSE es necesario hacerse una pregunta adicional. No solo ¿qué vamos a hacer y por qué lo vamos a hacer? sino ¿qué cambio real y profundo esperamos dejar cuando hacemos esas acciones?

Detrás de los proyectos de RSE no se está buscando la solución puramente técnica de un problema. Se está buscando, por ejemplo, cambiar hábitos, salir de un no trabajo a un trabajo, de una conducta menos comprometida con un problema social a una conducta más comprometida, o sea de un no voluntariado a un programa de voluntariado. Se están cambiando aspiraciones: las aspiraciones por ser mejor, por ser un mejor ciudadano, por ser más transparente. Se está haciendo un cambio profundo de las personas. La segunda cuestión al encarar un proyecto de RSE es la búsqueda del bien común, que en el fondo es generar condiciones para el desarrollo de las personas. Generar las condiciones para que la gente se desarrolle dignamente como personas. Y la tercera es que los programas de responsabilidad social que se sostienen requieren una base de virtudes. Se trata de vivir la virtud de la solidaridad. Lo hago no solamente porque es mejor para mi negocio, me da mejor imagen, me despierta un montón de movimientos buenos dentro de la empresa, sino también porque nadie se va a encargar de esto que yo he descubierto que se puede hacer. 

Sobre este eje nosotros, después de cuatro años de investigación sobre RSE en Latinoamérica, hemos ido desarrollando una manera de ordenar estas ideas dentro de las empresas. Daré algunos ejemplos. Hay un caso que llamamos: “Aguas Argentinas: el proyecto de desarrollo de la comunidad”. Es muy interesante porque la imagen de la empresa en la sociedad no es todo lo bueno que debería ser. Sus relaciones con el gobierno más conflictivas no pueden ser. La forma en que llegó al negocio en Argentina tampoco fue buena.

El programa de desarrollo de la comunidad partió de una definición hecha por una persona que contrataron, un “médico sin fronteras”, ante la pregunta ¿cómo hacemos para darle agua a la persona que no la puede pagar? Había 2 millones de personas dentro del área de concesión que no tenían agua ni cloacas, que por ley no estaban incluidas en el contrato de concesión, porque no eran ciudadanos y no tenían terreno propio. Al no estar censadas no entraban en la zona de concesión. Si les daban agua por el sistema tradicional, las inversiones no alcanzaban y había que seguir el sistema Robin Hood, sacarle a los ricos, subir las tarifas, con todo un problema legal, para darles a los pobres. ¿Qué ganamos ahí? Nada. Una función de dádiva a alguien que no valora el servicio; y por otro lado se genera un problema de litigio, a nivel de los derechos del marco regulatorio, muy fuerte. ¿Qué ocurrió? ¿Cuál fue el salto hacia adelante?: Meterse dentro de las villas -zona que no podía pagar el agua y que estaba fuera del contrato- generar un sistema para que la gente aportase algo, su trabajo, su esfuerzo, su capacidad de organizarse, y que el gobierno local firmase todos los papeles, de manera que ese proyecto fuese legal. Además debía intervenir el ente regulador, porque cada proyecto tiene que estar avalado legalmente, y el gobierno de la provincia de Buenos Aires, porque hay muchas cosas que pasan por zonas que son públicas y son de la provincia. Conclusión: desarrollan un sistema para que, barrio por barrio, manzana por manzana, se fuesen organizando. Aguas facilita algunos materiales, la ingeniería, el servicio de agua o el bombeo de la cloaca. Es el único sistema que está haciendo obra pública en la provincia de Buenos Aires. Es un salto hacia adelante, porque encontró una respuesta a algo que el gobierno no le encontraba respuesta. En el fondo, la experiencia que vamos obteniendo es que se generan mejores ciudadanos, más responsables, que usan mejor el agua que en las zonas de alto poder adquisitivo porque saben lo que cuesta, y se generó capital social. Es un proyecto sustentable y generó un mecanismo con el cual ahora se esta trabajando en el tema gas. Esa acción es sustentable porque quedó un método, una forma de trabajar. 

El otro caso que ilustra estos temas es de la Fundación Víctor Civita, un caso de Brasil, del grupo de Editorial Abril. Se trata del proyecto “Mejora de la educación en Brasil” generado en la década del ´80. La iniciativa es muy interesante, porque mejora la educación en ese país mejorando al maestro y no a la escuela. El tema es revitalizar la figura del maestro en la sociedad y entrenar a los maestros. Aprovechando el sistema multimedia que tiene Abril, llegan con revistas y con libros a dos millones de maestros todos los meses. El proyecto ya va a cumplir 20 años. Tienen un programa que es “el maestro 10” por el cual entregan un premio, hacen un concurso como el de los Martín Fierro, para los maestros todos los años. Es espeluznante porque se entregan premios mostrando a los maestros. Lo ven millones de personas en todo Brasil. En un momento dado lo sacan de Editorial Abril y crean la Fundación Víctor Civita. A los hijos les dejó las acciones de la empresa y todos los bienes personales los puso a nombre de la Fundación para que, más allá de la empresa, la fundación siguiese funcionando. Luego la fundación había llegado a un nivel de sofisticación técnica tan importante que contrataron pedagogos de las mejores escuelas de pedagogía del mundo. En el fondo, el éxito de este proyecto que hoy tiene 20 años se debe a que el empresario entendió muy bien qué hacer, dónde actuar y también cómo desprenderse de esa criatura, para que tuviese vuelo propio más allá de él o de sus hijos, que lo suceden en el grupo. 

El tercer ejemplo es un proyecto de cooperación público-privada para recomponer el Malecón de Guayaquil. Los que conocen Ecuador saben que es uno de los países más pobres de Sudamérica, con un PBI per capita bastante bajo. En la década del ´90 también tuvo una fuerte turbulencia política. El solo nombre de Abdala Bucaram como presidente que salió eyectado del gobierno fue importante, después vino Yamil Mahuad, también eyectado del gobierno por temas de corrupción. Hubo un fuerte movimiento indígena, con asambleas populares, gobiernos tripartitos, algo muy complicado.

A mediados de los ’90 a un banco que se llamaba “La previsora”, en Guayaquil, se le ocurrió hacer un edificio porque le iba muy bien al sector financiero en Ecuador. Lo hace en el centro de Guayaquil, y lo único que logra fue perder plata, porque la zona del puerto de Malecón estaba totalmente deteriorada, había muchísima pobreza; los valores de las propiedades venían cayendo, nadie quería vivir ahí. Entonces contratan a la universidad de Oxford para ver qué se podía hacer con el Malecón de Guayaquil. Cuando tienen el proyecto lo donan a la ciudad y se generó a partir de ahí un proceso donde se creó una fundación de la que participan doce instituciones que tenían que ver con el Malecón. Se nombra un comité ejecutivo, se construye el Malecón de Guayaquil en tiempo y forma, invirtiendo cien millones de dólares y es la obra de mayor orgullo en Ecuador hoy. Es por lo que se conoce al Ecuador en muchos países de Latinoamérica hoy. ¿Qué tiene de interesante esto? Lo primero: que en Ecuador toda la obra pública siempre fue sospechada de corrupción. Y en este caso no hubo sospechadas de corrupción.

Segunda cuestión importante es que el Malecón de Guayaquil se transformó en una escuela de valores. Se vive el orden, la seguridad, la democracia. Se puede ir a escuchar música clásica, tanto la gente que podría pagar el mejor abono en el mejor teatro como los que nunca van a poder ni siquiera pagar casi el colectivo para ir al teatro. Se vive el espíritu de familia: es el paseo familiar por excelencia hoy dentro de Guayaquil. Se vive la honestidad: es uno de los proyectos con mayor transparencia en Ecuador. Es una de las pocas obras en las que no ha habido juicios. La gente que trabajó desde la fundación decidió que el proyecto no iba a ser una obra civil sino que tenía que transformarse en una escuela de valores para Guayaquil. ¿Por qué se tomaron esa atribución? Porque es el grado de discrecionalidad que tiene cualquier empresario cuando tiene algo en sus manos. 

El proyecto del Malecón en Guayaquil es sustentable no solamente porque sigue figurando -ustedes ponen en Internet Malecon2000.com y lo verán- sino por que se ha transformado en un emblema de que en un país de bajo capital social, o sea, de enorme desconfianza, de enormes problemas y tensiones dentro de la sociedad, haciendo las cosas de distinta manera se pueden recomponer esos valores que esa sociedad no tiene. O sea que más importante que lo obra civil es que es un faro de valores para millones de ecuatorianos, con lo cual, aunque las personas de la fundación no estén en un futuro, aunque la fundación desaparezca y aparezca otra unidad jurídica organizando y manejando en Malecón, ya el proyecto es sustentable, porque quedó instalado en la conducta, en los hábitos de la personas. 

Estos tres ejemplos marcan lo que entendemos por sustentabilidad. 

Finalmente, para que un proyecto de responsabilidad social corporativa sea sustentable debe estar claramente incluido como parte de la misión de la empresa. No es una respuesta espontánea a un problema, sino que es algo que la empresa siempre quiso hacer. Tiene que estar definido este problema a nivel explícito dentro de la misión de las compañías porque entonces va a ser inmutable y no negociable. No se puede tener proyectos exitosos y sustentables de responsabilidad social corporativa si no hay limpieza ética interna, por que no debe haber fisuras en el comportamiento de los equipos directivos. Sería incompatible promocionarse como empresa socialmente responsable y hacer abuso de poder en negociaciones con clientes y proveedores; o decir “estoy apoyando la educación” y cuando uno llega a su casa apaga el televisor para no ver cierta publicidad de la misma compañía. Esas cuestiones empiezan a ser evaluadas cada vez con más cuidado y eso lo llamamos limpieza ética interna. 

La responsabilidad social corporativa se basa especialmente en la responsabilidad de los directivos que la quieren llevar adelante. Si no hay directivos que la quieran llevar adelante, por más que tengan las definiciones escritas nunca se van a hacer. Con lo cual el componente de responsabilidad personal siempre existe. Y la responsabilidad personal es lo que le da sustentabilidad a esos proyectos. 

El cuarto elemento importante para la sustentabilidad es que la responsabilidad social corporativa hay que asumirla como una escuela de virtudes. Primero, la solidaridad. Lo hacemos porque estamos resolviendo algo que otro no va a hacer. ¿Cuántos años de educación en las escuelas de Ecuador habría que haber puesto para que esos valores se vean en la sociedad de Guayaquil? Y además yo se lo puedo explicar en la escuela a los chicos, pero salen a la calle y dicen acá no se puede vivir.

La segunda virtud importante es la de la humildad, porque en los proyectos de responsabilidad social corporativa hay que abrir canales de diálogo con gente que habla otro idioma, aunque teóricamente hablan el castellano y porque por otro lado vamos a tener que aprender muchísimo de nuestros errores para corregir el rumbo, mejorar lo que estamos haciendo y aprender de lo que otros hacen mejor que uno. 

Si estas condiciones se dan, y creo que en esos casos se dan, entonces estamos hablando de sustentabilidad. Como resumen final, la sustentabilidad entonces es pensar en qué hábitos, conductas y valores estamos instalado en la sociedad y no tanto en los resultados más o menos espectaculares del punto de vista de números o desde el punto de vista de algún video que se pueda llegar a hacer.

Expirado

Un ejemplo de convivencia entre musulmanes, cristianos y judíos

La experiencia andaluza de los siglos 8, 9 y 10 muestra una convivencia pacífica entre hombres de distintas culturas y religiones, como explicó Ricardo Córdoba de la Llave (Universidad de Córdoba) en la Cátedra del Foro. La siguiente es su ponencia. 

Yo vengo del campo de la historia y mi intervención se va a centrar en el análisis y en el comentario de una determinada situación histórica que se vivió en España de la Edad Media, aunque esa situación pueda tener las proyecciones o la concordancia con la situación del mundo actual que ustedes quieran pensar en particular. En ese sentido es una situación que como todos ustedes saben obedece a la conquista musulmana de la Península Ibérica que se produjo a principios del siglo 8 (a partir del año 711) y que dio lugar a la aparición de una sociedad multicultural o intercultural, por emplear un término moderno, no se si apropiado a la época pero en todo caso que hoy día utilizamos normalmente.

La sociedad medieval española, por lo menos de esos primeros siglos, no es algo excepcional en el marco de un mundo mediterráneo, ni en el marco de esos siglos a los que me estoy refiriendo. Por el contrario es una situación que obedece a un proceso político que se origina a partir de las conquistas que los árabes inician en el siglo 7 y que les lleva a extender el dominio político en primer término, y más tarde el dominio cultural de la civilización musulmana por todo el sur del mundo mediterráneo, por todo el próximo Oriente. Esto sucede a partir del nacimiento del Islam y del Estado islámico, que en parte es una misma cosa, pero en parte son dos fenómenos diferentes, ambos debidos sin duda a la obra del profeta, de Mahoma, pero que tienen una connotación distinta.

En esa época de la primera mitad del siglo7 decir árabe y musulmán es lo mismo, puesto que el Islam aun no ha salido de los límites geográficos de la Península Arábiga, y comienza un proceso de conquistas territoriales y de expansión política que va a dar lugar a lo que realmente es el nacimiento del mundo islámico.

Fue un proceso extraordinario desde el punto de vista político en primer término y más tarde desde el punto de vista de la civilización. Es difícil encontrar un proceso parecido de expansión territorial a lo largo de la historia. Quizá lo podemos comparar con la expansión de los mongoles o con algún otro acontecimiento.

Hoy lo que llamamos el mundo árabe y el mundo islámico fundamentalmente es el resultado de esa expansión que se vive desde hace más de 1300 años. De forma que se ha construido una nueva civilización estable en el marco del mundo mediterráneo europeo y del próximo Oriente desde esa época hasta la actual.

Como ocurre siempre en esa época histórica, es una expansión política y militar. Todos los territorios que fueron siendo paulatinamente ocupados por los musulmanes comienzan a vivir en un proceso de recomposición social intercultural e interreligiosa. Lo que siempre se destaca en Al-andaluz es que había una presencia judía relativamente fuerte, una presencia cristiana evidentemente mayoritaria y la nueva presencia musulmana va a dar lugar al nacimiento de una nueva sociedad intercultural, compuesta por esas tres religiones y por esas tres culturas. 

No fue esto algo particular de la historia de España. Esa misma transformación y esa misma aparición de una sociedad intercultural se produjo en muchos territorios del Próximo Oriente en lo que actualmente es la zona de Siria, Palestina e Israel y en Egipto. Cuando hoy pensamos en el Próximo Oriente o en el norte de África, pensamos en el mundo árabe, un mundo islámico, y nos parece que desde siempre ha sido así. En la perspectiva del siglo 7 por el contrario el Próximo Oriente, o esa región que pertenecía a las provincias bizantinas, anteriormente provincias del imperio romano, tanto de Siria como de Egipto, eran territorios de profunda cultura cristiana y greco-romana.

Es absurdo que yo destaque ahora el papel de Siria, lugar del nacimiento del cristianismo o del nacimiento de muchos fenómenos relacionados con el cristianismo, y otros factores culturales relativos a esa religión o que destaque la importancia cultural que tienen las grandes ciudades de Siria y de Egipto en el marco de la tradición del mundo greco-romano. Pero siempre me permito recordar que los musulmanes conquistan ciudades como Antioquia, Jerusalén o Alejandría que eran auténticos apoyos culturales de épocas greco-romanas. Todos conocemos la famosa biblioteca de Alejandría. De alguna forma eran las grandes capitales culturales del mundo de la Baja Antigüedad o de principios de la Edad Media. En ese sentido junto con Roma, en Italia, en Occidente o junto con Constantinopla o el actual Estambul esas eran las tres grandes capitales, eran las sedes de los patriarcados en ese momento.

Esa situación de interculturalidad que se crea en la península no solo es propia de la España medieval o de la España de esos siglos centrales de la Edad Media sino que tiene su correspondiente paralelismo en otras regiones del mundo Islámico.

La situación que se crea a partir de la llegada de los musulmanes en “al Andaluz” en el caso concreto de la Península Ibérica es diversa desde el punto de vista cultural, y va a dar lugar a la aparición de relaciones particulares entre las comunidades judías y cristianas -por una parte- y la comunidad musulmana -por otra- en la España del siglo 7 y del siglo 9 en adelante. No debo utilizar el término de minoría porque evidentemente durante el siglo 7 y hasta bien avanzada la historia de Al-Andaluz de la España medieval, si tenemos que hablar en términos de minorías y mayorías, las minorías son las judías y a continuación la musulmana. La mayoría de la población durante el siglo 8 y 9 continua siendo cristiana y este es un proceso histórico que va a cambiar, pero lo va a hacer a lo largo de varios siglos.

De forma que habría que referirse más bien a la convivencia entre los miembros de esas tres religiones o de esas tres culturas en Al-Andaluz, que es una situación nueva en la península no tanto por lo que tiene de intercultural sino por lo que tiene en particular de aparición de una convivencia cultural bajo dominio político de una determinada cultura o miembros de una determinada religión, que en este caso va a ser la musulmana.

En la Península Ibérica existía esa situación de interculturalidad o esa convivencia social entre miembros de distintas religiones y de distintas tradiciones culturales con anterioridad a la llegada de los musulmanes. Lo que es nuevo es la aparición de esa sociedad bajo dominio político de los gobernantes islámicos.

La enseñanza de Mahoma y en definitiva la doctrina musulmana tiene un reconocimiento hacia el papel jugado por la Biblia y hacia la propia enseñanza de la Biblia como libro sagrado, tiene un reconocimiento hacia la labor de profetas, y del propio Jesucristo. Por lo tanto tienen una consideración desde los mismos comienzos de la religión musulmana hacia los que tienen una creencia basada en la Biblia y es tan especial que les hace objeto de un tratamiento especial en el marco social. Es decir que los gobernantes musulmanes conceden siempre un trato particular a los miembros de esas religiones, tanto de la hebrea como de la cristiana, que gozan de privilegio en el marco del mundo musulmán medieval.

Ese respeto particular por las confesiones religiosas relacionadas con la Biblia hace que tanto los cristianos como los judíos hayan podido seguir manteniendo su religión bajo el dominio islámico en los diferentes Estados, no solo en Al-Andaluz, sino también en Siria o en Egipto. Hubo una importantísima comunidad cristiana en Al-andaluz durante esos siglos, particularmente en el siglo 8, 9 y 10. Hasta por lo menos 200 o 250 años después de que los musulmanes conquistan y gobiernan políticamente a Al-andaluz la mayor parte de la población sigue siendo cristiana, sigue siendo mozárabe, según el término con el que se refiere en la España medieval a aquellos cristianos que viven bajo el dominio político andaluz.

La comunidad mozárabe fue mucho más numerosa al principio, y poco a poco menos importante, en un proceso que se debe tanto a las emigraciones que esa comunidad va protagonizando hacia los Estados cristianos del norte de la península como al propio proceso de conversión al Islam. También hubo una importante comunidad judía en la península. Durante esos primeros siglos de la presencia andaluz en la península, esa convivencia fue particularmente importante, entre otras razones debido al número de personas no musulmanas en Al-andaluz. Es un fenómeno que no solo tiene que ver con el hecho de que la sociedad esté compuesta por tres grandes culturas o miembros de tres grandes culturas o religiones, sino que tiene que ver con la importancia del número de los cristianos, y también de los judíos.

Esa importante número de cristianos y de judíos en la sociedad de Al-Andaluz y la costumbre de tener esos pactos, esas relaciones especiales con los miembros de esas comunidades por parte de los gobernantes islámicos, determina que en durante los primeros siglos de historia andaluza, en particular el siglo 8, 9 y 10, la convivencia o la unión de esas distintas comunidades en la sociedad se produjera en términos que desde una perspectiva histórica resultan tremendamente aceptables. No existen persecuciones y se superan incluso algunas situaciones de conflictividad que habían aparecido en la España visigoda. Los judíos habían atravesado por alguna época muy difícil en relación con los gobernantes visigodos de la península.

Incluso algunos de los fenómenos de conflicto que aparecen en este momento no se puede decir que obedezcan a la existencia de un enfrentamiento abierto o una mala relación entre los miembros de esas comunidades sino más bien a elementos puntuales.

Con eso me refiero en concreto al tema del martirio voluntario, de la resistencia de los mozárabes a los gobernantes musulmanes, que afectó a gente de la comunidad cristiana en el siglo 9, en la época de Al-Rahmán II, que envolvió a los gobernantes musulmanes y a miembros de la comunidad cristiana especialmente en el territorio de Córdoba, pero que se debió sobre todo a una resistencia activa por parte de los mozárabes. El martirio voluntario no se debe tanto a la represión que los gobernantes islámicos hicieran de la religión cristiana, que no la hubo realmente en ningún momento, sino que se refiere más bien a la lucha que determinados elementos de la comunidad cristiana, particularmente los clérigos, los monjes, llevaron a cabo tratando de mantener su propia identidad.

Por mucho que queramos decir que hay una convivencia intercultural y la hay sin duda, es evidente que poco a poco las ventajas que tiene ser musulmán van determinando un claro proceso de conversión. Simplemente el contacto cultural con los mismos pobladores va a determinar un proceso de arabización y de islamización. Hay un progreso de la cultura o civilización islámica en la península y eso es sentido como una amenaza hacia las propias raíces, hacia los propios hábitos, por una parte de la comunidad cristiana, especialmente por las partes más “radicales”, que llevan a cabo un proceso de resistencia activo. Las leyes musulmanas prohíben blasfemar contra Mahoma y si lo hace un clérigo hay un castigo. La mayor parte de los musulmanes cordobeses del siglo 9 consideraban a esos mártires cristianos como un poco extremistas en su defensa de las manifestaciones del cristianismo.

De forma que ya cuando aparecen esos conflictos lo hacen de forma un tanto puntual, y no se deben a la existencia de una relación de enfrentamiento entre las distintas comunidades, sino que esas comunidades, por lo menos hasta el siglo 11, viven de una manera más o menos pacifica en el interior de Al-Andaluz.

Eso ha llevado a muchos historiadores a hablar de una convivencia intercultural allí, pero en los últimos años la mayor parte de los arabistas y de los andalucistas hispanos se han replanteado si el término convivencia es adecuado para hablar de esa relación. Convivencia parece implicar la aceptación de las costumbres del otro, la aceptación de la religión del otro y en definitiva la convivencia no solo armónica, no solo pacífica de esas comunidades, sino la convivencia en pie de igualdad en el marco de una sociedad de una determinada época y de un determinado territorio.

Aunque he destacado el carácter pacífico, estable, de esas relaciones, son claramente desiguales entre los musulmanes y los judíos y cristianos del Al-andaluz. Esto es así en todos los Estados medievales, y va a seguir siendo así a lo largo de toda la Edad Media. Quienes tienen el control político, el gobierno, aspiran a tener el control económico y social de ese territorio y por más que se respeten ciertos hábitos culturales o religiosos, no se permite a los miembros de esas comunidades una participación en pie de igualdad con los que tienen tienen el poder.

Los cristianos y los judíos pagan muchos más impuestos en los territorios gobernados por los musulmanes, no pueden ocupar cargos públicos, no pueden ejercer ningún tipo de actividad en el marco del Estado, en la administración civil, militar o judicial del Estado. Incluso sus propias manifestaciones religiosas están recortadas. Pueden practicar la religión cristiana o judía pero no en público. Hay una serie de prohibiciones en relación con las expresiones públicas de la fe, con la construcción de iglesias, con todos los que son los aspectos visibles de una determinada religión.

Por eso la mayoría de los historiadores más que hablar de una convivencia en la sociedad andaluza de esa primera época hablan de una coexistencia, de un cierto respeto hacia las normas, hacia las costumbres y hacia lo hábitos de las otras comunidades, por más que desde el punto de vista político, social y económico hay claramente hay una comunidad dominante, que es la que rige el poder político, y otras dos que -en palabras actuales- llamaríamos ciudadanos de segunda categoría.

A pesar de eso no cabe duda que esa convivencia o coexistencia existió, no hubo factores de persecución religiosa, de enfrentamiento desde el punto de vista religioso y social en el interior de Al-Andaluz, y que existió una situación de respeto. Y no se va a volver a producir lo mismo a partir del siglo 11 aproximadamente, cuando las circunstancias históricas de esa convivencia o de esa coexistencia entre comunidades religiosas en la Península van a cambiar radicalmente. 

A partir de los años finales del siglo 11, sobre todo del siglo 12, la situación por la que van a atravesar los judíos, los mozárabes y los cristianos en el interior de Al-Andaluz va a ser muy distinta, va a haber muchas más limitaciones de carácter político y social, va a comenzar una política clara de marginación de esas comunidades, de asentamientos en determinados “guetos”, en sectores urbanos de reconocimiento exterior en función de ropas o signos, delimitación en el ejercicio de determinadas actividades ya no solo políticas, sino también laborales, comerciales, etc.

La situación en Al-Andaluz a partir del siglo 11 se torna mucho más difícil y eso determina que haya un rápido abandono de las comunidades mozárabes que suelen ir pasando a los Estados cristianos del norte de la Península, y que haya incluso una pérdida de importancia, en términos numéricos, de las poblaciones judías andaluzas ¿A qué fue debido eso? Hay muchas explicaciones. Casi todos los historiadores hablan de la radicalización del Islam en Al-andaluz con la llegada de los gobernantes norte-africanos.

A partir de finales del siglo 11, ante las conquistas cristianas, los andaluces llaman en su auxilio a los que gobiernan en el en el Norte de Africa, que tienen un carácter religioso mucho más estricto, y que en Al-Andaluz adoptan una política religiosa y cultural mucho más severa que la que se había ejercido hasta ese momento, no solo para los judíos o para los cristianos que todavía quedaban allí sino también para las propias familias andaluzas musulmanas. Sobre todo las de tradición árabe, las de la primera época, los primeros pobladores, siempre consideraron a esos gobernantes norte-africanos como gente religiosamente más radicales que ellos mismos.

Esa radicalización de las relaciones sociales y ese menor margen de tolerancia o convivencia o de relaciones pacíficas interculturales evoluciona en ese sentido y a partir de los años centrales de la Edad Media, siglo 11 y 12, en toda Europa y en todo el mundo mediterráneo. No solo es un problema de Al-Andaluz, que es una muestra más de que esas relaciones interculturales pasan a partir de finales del siglo 11 por una época conflictiva, mucho más radical. Es así en la Siria musulmana, en la Europa cristiana y en todos los ámbitos culturales.

Entonces la pregunta que normalmente nos hacemos los historiadores es ¿por qué se produce esa situación de convivencia o de coexistencia pacífica en Al-andaluz durante el emirato y durante el califato? Lo extraordinario es que se produjera en el siglo 8, 9 y 10 esa convivencia de esos tres grupos sociales puesto que tanto en la España visigoda como en la España posterior al siglo XI hubo persecuciones. Da igual la España cristiana que la España musulmana; esto me interesa mucho destacarlo para que no se vea que la situación en Al-Andaluz es algo excepcional con respecto a territorios gobernados por cristianos o territorios gobernados por políticos de otro signo.

Hubo muchos enfrentamientos entre las comunidades cristianas y judías en la España visigoda a lo largo del siglo 6 particularmente, y también en el siglo 7, y siguieron produciéndose esas persecuciones de judíos, esos problemas entre las comunidades a partir del siglo 11 tanto en Al-andaluz como en la España cristiana y en el resto de Europa. Hay un caso muy claro, una localidad cordobesa, Lucena, que en el siglo 11 era por entero judía y en el siglo 12 hubo expulsiones, migraciones, problemas políticos, y esa población desapareció cuando los cristianos en el siglo 13 la conquistaron. No quedó un solo judío en Lucena.

¿Por qué se pudo producir en esa España del emirato y el califato una situación de convivencia? Creo que se debió a que existió una divergencia no demasiado grande entre las tradiciones culturales de los gobernantes árabes de Córdoba y las tradiciones de los cristianos y los judíos que vivieron en Al-Andaluz en ese momento.

Hablamos de los árabes que conquistan los territorios del mediterráneo oriental en el siglo 7 y en particular la aristocracia árabe. No hay que olvidar que los que gobernaron en Córdoba son el ejemplo paradigmático de la aristocracia árabe, era el clan que ya gobernaba La Meca antes de nacer Mahoma y fueron la primera dinastía de Califa y fue la familia de mayor poder de la aristocracia del mundo árabe y la de mayor protagonismo en todos esos primeros siglos. Esos árabes que salen de su península arábiga, que se expanden territorialmente por Siria, por Egipto, que entran en contacto con un mundo tremendamente rico desde el punto de vista greco-romano, heredaron, adoptaron, asumieron en gran parte las propias tradiciones culturales grecorromanas.

Es decir que los gobernantes omeyas de Al-andaluz en esa época y las propias poblaciones sobre las que gobiernan en la Península Ibérica no están tan lejos desde el punto de vista cultural como hoy día nos puede parecer cuando tenemos en cuenta solamente los aspectos religiosos o cuando tenemos en cuenta los aspectos culturales o el hecho de proceder de un territorio distinto.

En esa época la herencia, el legado cultural que los musulmanes reciben del mundo clásico, ellos lo conservan a lo largo de toda la Edad Media pero muy particularmente hasta el siglo 11 y 12. Es el mundo Islámico el auténtico depositario de la cultura greco-romana. Esas tradiciones culturales de algún modo acercan a los musulmanes y a los cristianos en esa época y eso quizá de algún modo explica -sino totalmente puede ser una de las causas- que durante esos siglos podamos hablar de convivencia cultural

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La incapacidad de desarrollar instituciones eficaces, flexibles y honestas

Sobre ese tema expuso en la tercera sesión de la Cátedra el profesor Eusebio Mujal-Leon, de la Universidad de Georgetown. Transcribimos su ponencia en esta página:

Quisiera presentarles la cara complementaria de la crisis en lo que se refiere a la política. Porque si bien estoy muy de acuerdo que los componentes centrales para organizar son el Estado, la economía y el trabajo, me parece que la otra pieza fundamental es el análisis de la política, el análisis de cómo se hace la política y relacionado con eso, la incapacidad o la capacidad de llevar a cabo proyectos estratégicos de desarrollo. 

Una parte muy importante del problema relacionado con la globalización es la política. Y la crisis de la política me parece que está muy profundamente arraigada y de ahí parte una parte importante de los problemas relacionados con las cuestiones del desarrollo. Efectivamente creo que todos podríamos ponernos de acuerdo en torno a lo que son las características fundamentales de lo que es la globalización. Esto implica una mayor integración económica internacional, una mayor competitividad, una lucha bastante feroz para la reducción de los gastos, un incremento en el rol de los organismos y las organizaciones multilaterales a coste de la capacidad de los Estados y de la autonomía de los Estados en términos de estas cuestiones. También a nivel nacional implica un aumento en el riesgo de desagregación social. Es decir, un desarrollo social muy profundo que no solamente toca a los países en vías de desarrollo sino que también toca a importantes sectores de las poblaciones de los países desarrollados. Porque si bien la brecha entre los ricos y los pobres se ha incrementado en los últimos quince años en el mundo en vías de desarrollo, ha habido un incremento notable en la inequidad dentro de los países más ricos. Y los puestos de trabajo que se han ido generando tienen menor remuneración, menores requisitos de formación, así que ha habido una especie de rebaja no solamente en lo económico sino que hasta en la formación cultural de lo que es la clase de los que trabajan.

Todo esto para mi plantea una serie de cuestiones a nivel económico, a nivel social pero quiero centrar mi atención en lo que se plantea en términos de problemas políticos. Porque todos esos elementos de la globalización que son elementos de la crisis no hacen más que resaltar la importancia del buen funcionamiento de las instituciones. 

La definición más importante entre países que han logrado desarrollarse y los que no han podido desarrollarse no está en lo económico, en lo social, sino en lo institucional. Es decir, en la incapacidad de desarrollar instituciones eficaces, flexibles y honestas. Esto es un problema no solamente para países subdesarrollados, sino también para países desarrollados. Es un problema muy grave, porque la capacidad institucional genera credibilidad y eficacia. Genera credibilidad hacia adentro, hacia fuera y también eficacia en la negociación con los socios, con las instituciones externas. Y si no se genera esa credibilidad y eficacia, las instituciones y el Estado no pueden llevar a cabo su labor. 

Esto es el complemento de la crítica de todo el análisis que podremos hacer de los años noventa no solo en la Argentina sino también en tantos países del mundo, porque efectivamente se descuidaron las raíces institucionales del problema. El tema del Fondo Monetario no apunta solamente a errores de economistas sobre política económica. El tema no son los errores económicos. El error fundamental es y ha sido el error político. Es decir, buscar la explicación de porqué y cómo el Fondo y el menor grado del Banco Mundial, no reaccionaron cuando tendrían que haber reaccionado sabiendo lo que estaba ocurriendo en Indonesia, en Corea, en la Argentina, en Brasil, etc, durante los años noventa. 

No reaccionaron ante el fenómeno de la corrupción. El Fondo estaba al tanto, y no hizo nada. Entonces es una responsabilidad política porque no hubo una acción en contra de eso, sabiéndose perfectamente de lo que representaba la corrupción como costo, no solo económico sino como costo social. 

Hay investigaciones que demuestran que la corrupción representa un impuesto del treinta por ciento sobre el costo de la producción. Entonces por eso insisto en la explicación política del porqué de esto. 

A la vez los Estados no asumieron su cuota de responsabilidad. Más bien a las elites políticas les vendieron la idea de que el Estado tenía que ser reducido a su más mínima expresión. Es decir, que el Estado era un estorbo y que por lo tanto se tenía que darle a la economía libre flujo y reducir al Estado a su mínima expresión. Habría que preguntarse porque se vendió y también porque se compró con tanta rapidez y con tanta falta de crítica y de análisis. Porque de hecho la experiencia en los últimos 250 cincuenta años demuestra que no es posible el desarrollo económico sin un Estado fuerte y capaz. 

Podemos discutir qué quiere decir un Estado fuerte y capaz, pero si nosotros miramos al mundo más desarrollado empezando por Francia, pasando por el continente de Norte América y llegando a Australia y al Japón, lo que vemos es un denominador común que es un Estado que funciona. No entiendo cómo se pudo haber comprado y vendido la idea de que se tenía que eliminar al Estado cuando la evidencia estaba clara de que para acceder y mantener el desarrollo era necesario un Estado importante. Y ese Estado como árbitro, como entidad que cuidaría la legitimidad de las instituciones frente a la sociedad. Y que cuidaría también la legitimidad del consenso social. Porque no puede haber reforma social y económica que no tenga consenso social. No puede sostenerse. En ese sentido, uno de los errores de los economistas es que pensaron en términos económicos y en términos de ecuaciones, y no en términos políticos de las necesidades de tener base de apoyo. No es posible llevar a cabo la reforma sin ese apoyo social. 

Me estoy refiriéndome a reformas estructurales, que en muchos casos eran necesarias, privatizaciones que en muchos casos fueron necesarias desde el punto de vista del Estado que existía en muchas partes, ineficaz, corrupto, clientelar. Pero en vez de reformar el estilo y el tipo de las instituciones, lo que se hizo fue que se llevaron a cabo privatizaciones truchas, que beneficiaban a los amigos. No les importó a los agentes locales ni a los agentes internacionales cuidar esas privatizaciones. 

Cuando hablamos de reformas estructurales tenemos que suponer que implican desempleo. Por lo tanto el Estado y la sociedad tienen una obligación efectivamente para paliar las consecuencias de reformas que eran necesarias. Se había desarrollado en muchos de los países de América Latina un Estado hipertrofiado, ineficiente y clientelar. Las reformas eran necesarias, pero fueron hechas mal, porque no hubo ni reforma política anterior ni reforma política mientras ni después. Y por eso, el énfasis que le pongo a la problemática política.

Expirado

Una hazaña increíble: la integración de tradiciones culturales antitéticas 

El filósofo Víctor Massuh expuso en la Cátedra sobre "Rasgos perdurables de una identidad argentina". En esta página transcribimos su ponencia.

Toda vez que los argentinos nos referimos a la marcha de nuestras instituciones, lo hacemos con perplejidad y desaliento. No estamos conformes con nosotros mismos y nos acusamos unos a otros. El desconcierto y la desolación terminan buscando en el pasado a los culpables de los males presentes. Ya hay quienes razonan así: si nos equivocamos y tantas veces, ¿no será que la mayor parte de nuestra historia es una acumulación de problemas irresueltos, de rupturas soldadas epidérmicamente, y que la identidad argentina es una constante decepción? Yo no me cuento entre estas almas sensibles. Pido perdón a mi audiencia de no ofrecerle un panorama depresivo que es lo único que pone eufóricos a mis compatriotas en estos días. No formo parte de esa inteligencia argentina que se complace morbosamente en la enumeración del fracaso, demora más de la cuenta en su análisis, al punto de convencernos que todo derrotismo es un triunfo moral. Para ello basta con esa chatura mediática que sin descanso celebra la danza de la muerte en torno a un país malogrado por la crisis. 

No me tapo los ojos, por supuesto, ante el descalabro presente. Pero quiero abrirlos hacia el pasado porque me interesa el futuro de nuestras instituciones. Y esta es mi imagen: en el pasado hemos seguido una notable trayectoria hacia la integración de contenidos opuestos. Integración, convergencia, síntesis. No digo que no hubo rupturas violentas, charcos de sangre, guerras estúpidas, enconos fratricidas. Reconozco, sin embargo, que hubo desgarramientos legítimos que volvieron al país casi invivible: entre la tradición hispana y el jacobinismo de la Revolución de 1810; entre la pasión caudillesca y el racionalismo moderno; la Argentina atlántica y la mediterránea; la militar y la civil; la de economía cerrada y la abierta. Pero al cabo, el país dio siempre el paso de la superación integradora, la convergencia, la unión de opuestos, el reconocimiento del otro. 

Es preciso recordar que lo mejor de nuestro país, aquello de lo que no podemos avergonzarnos, fue el resultado de una hazaña increíble: la integración de tradiciones culturales antitéticas: la indígena, la hispana de la Conquista y la Colonización, la criolla de la Independencia y la Organización Nacional, y la inmigratoria de fines del siglo XIX hasta comienzos del siglo XX. La historia fue acogiendo cada uno de esos legados y mediante una lenta sedimentación, los convirtió en implícitos mandatos de una voluntad argentina. Es cierto que esa voluntad hoy está enferma y en eclipse. Pero es preciso tener una clara conciencia de sus contenidos -que en adelante enumeraré brevemente- si deseamos promover su reencuentro con la luz. 

El legado indígena no tuvo en nuestra tierra la misma fuerza civilizadora que en otros países de Iberoamérica. De todos modos en nuestro origen estuvo el indio con suerte diversa y silenciosa presencia. Tanto en el Norte como en el Sur y el Litoral argentinos, fue el mensajero de una religiosidad telúrica, una estética celebratoria de la inmensidad cósmica, una sabiduría mítica que concibe a la criatura humana como parte de la naturaleza y no como su señor. 

En varias provincias del Noroeste, por ejemplo, pervive una pátina arcaica que colorea la piel, los alimentos, la música, la literatura, las artes y el pensamiento. Escritores como Manuel J. Castilla y Héctor Tizón; folkloristas como Atahualpa Yupanqui, Jaime Dávalos, Cuchi Leguizamón, Eduardo Falú y Rolando Valladares; pintores como Medardo Pantoja, Lobo de la Vega, Timoteo Navarro, Hugo Irureta, Blanca Machuca, Enrique Salvatierra y Víctor Quiroga; ensayistas como Joaquín V. González, Ricardo Rojas, Bernardo Canal Feijóo, Adolfo Colombres y Rodolfo Kusch, todos ellos sintieron y pensaron la Argentina poniendo el oído en la voz callada del indio. Esa voz cuenta en la polifonía de la identidad argentina. 

El legado ibérico desparramó sus semillas en nuestra identidad de manera hegemónica a lo largo de más de tres siglos. La Conquista, la Evangelización y la Lengua dejaron una impronta indeleble. Los desbordes de la Colonización fueron atenuados por la Evangelización y las Leyes de Indias. Pese a la infamia de la Inquisición, la Iglesia Católica difundió una ética universalista que irradió en las capas populares y permitió, en un primer momento, iniciativas innovadoras como las misiones jesuíticas, asimiló cultos vernáculos y, llegado el momento de jugarse por la patria en ciernes, sus sacerdotes llenaron el Cabildo de Mayo y, más tarde, la casona tucumana de 1816. 

La lengua de Castilla, que unificó espiritualmente a todo el Subcontinente Americano, fue también factor de unión de comunidades indias incomunicadas entre sí por una infinita fragmentación de etnias y formas dialectales que desconocían la escritura. El idioma español abarcó casi toda la geografía cultural del Nuevo Mundo y fraguó un rasgo hispanoamericano que quedó definitivamente incorporado a la identidad argentina. Desde entonces pertenecen al patrimonio espiritual argentino: Garcilaso Inca de la Vega (peruano), Rubén Darío (nicaragüense), José Martí (cubano), José Enrique Rodó (uruguayo), Alfonso Reyes (mejicano), César Vallejo (peruano) y Pablo Neruda (chileno), tanto como nuestros próximos Sarmiento, Lugones, Alejandro Korn y Borges. 

El tercer legado, el criollo, cristaliza a partir de Mayo de 1810. Desde mucho antes se vino ahondando la ruptura entre el padre y el hijo, entre el español y el americano. El criollo rompe con España, además, para devenir europeo, para abrir un paso franco al racionalismo ilustrado, a los derechos del ciudadano, a la división de poderes del sistema republicano; abrir un paso a la noción de progreso, a la autonomía de la razón frente a la fe, a la apertura al mundo. En suma, para movilizar la voluntad romántica y fáustica de crear de la nada un país, haciendo tabla rasa de su pasado: el español, el indio y el negro fueron considerados retardatarios. 

Pese a estos excesos lamentables, la Argentina criolla fue de una creatividad inaudita. Fue capaz, en circunstancias atroces, de un coraje único: la Independencia de 1816. Si bien fue desmesurada su negación del pasado, es evidente que sus protagonistas se sentían fascinados por algo nuevo. Moreno, Belgrano, San Martín, Pueyrredón, Rivadavia, Echeverría y toda la generación del 37 caminaban por el borde del abismo, pero sentían la embriaguez de una libertad total: la de inventar un país.Y esta fiebre se extendió a todo el siglo XIX. Basta evocar tres momentos estelares: un santo de la espada cruza los Andes para poner en actos esta verdad eterna: sólo ayudando a liberar a otros se asegura la propia libertad. 2) Un abogado tucumano se encierra en su casa de Valparaíso y no la deja hasta tener redactado el texto Bases y Puntos de Partida para la Organizaci6n Política de la República Argentina que envía de inmediato a Urquiza en 1852. 3) Un sanjuanino genial metió a la patria en su propia vida a un punto tal que aún hoy todo lo grande que pueda hacerse llevará su nombre. La Argentina criolla echó las bases de un Estado democrático, produjo instituciones adaptadas a su fisonomía, un pensamiento y una literatura no deudores de la península, y consolidó el sentido de una identidad abierta a la aceptación de los contenidos de su pasado y también de otras regiones y culturas del mundo. 

La condición abierta de la identidad criolla se fortaleció con la aparición del cuarto legado: el aporte inmigratorio que se desparramó sobre nuestro suelo a partir de la segunda mitad del siglo XIX hasta las primeras décadas del xx. El 75% de la población actual tiene su origen en aquella inmigración. Al cabo del tiempo transcurrido, ella contribuyó a definir tres rasgos ya incorporados a la identidad argentina. 

En primer lugar, la condición de país abierto al mundo y que otorga un crédito suplementario a todo lo venido de afuera. Nuestra Constitución sacralizó una y otra vez este rasgo poco frecuente en el Acta fundacional de cualquier país. Receptores de una inmigración masiva, nos convertimos en lo que Ortega y Gasset llamó "país poroso", cualidad que él señalaba como necesaria para el nacimiento de una gran cultura. Y en esto la Argentina, según el filósofo español, era comparable al “milagro” de la Grecia clásica que acogió lo asiático pero transfigurándolo en una identidad nueva. 

En segundo lugar, otro rasgo de la identidad argentina aportado por la inmigración es el pluralismo. En virtud del así llamado mestizaje de nacionalidades, religiones, etnias y lenguas diversas, el argentino aprendió a sentirse un ciudadano plural. En letras, arte, economía, ciencia y filosofía nos habituamos a convivir con tradiciones y escuelas diferentes, a entrar y salir de ellas con una soltura mayor que el hombre culto de otras latitudes para quien la tradición es un férreo condicionamiento. Este rasgo nos predispone al cosmopolitismo, a una visión planetaria, incluso a la universalidad. No otra cosa quiso significar Borges al decir que "nuestra tradición es el mundo". 

En tercer lugar, la inmigración promovió una visión del país que pone el acento en el futuro como espacio para la aventura y el "segundo nacimiento". El inmigrante abandona la rigidez de un oficio heredado y adquiere la plasticidad necesaria para asumir otros ocasionales; juega con una lengua diferente y nuevas costumbres; se proyecta en el destino del hijo convertido ya en la encarnación del país venidero. Pero ocurre que el hijo ya no es la continuidad del padre extranjero, sino que éste continúa al hijo argentino que logró la fluidez del arraigo y el aplomo de pertenecer a un nuevo sistema de comportamientos. El padre es hijo de su hijo. Lo cierto es que para la Argentina inmigrante el futuro era más real que el presente y el pasado. Más que continuar una tradición, se aspiraba a crearla. Esa Argentina inmigrante soñó con comienzos de toda índole, con iniciar una estirpe, asumir a pleno una libertad creadora. Justamente en 1922, el mayor filósofo argentino, Alejandro Korn, publica su ensayo La libertad creadora, que podría considerarse el credo filosófico de ese futurismo de la inmigración convertido en esperanzada voluntad argentina. 

El énfasis futurista de la inmigración me lleva evocar el reproche de Paul Groussac, quien al comienzo del siglo anterior lamentaba "la tibieza del sentimiento histórico" en la Argentina de su tiempo (Del Plata al Niágara). "Tibieza" hacia el pasado que muchas veces fue algo más: negación y olvido. Pienso que esta actitud del inmigrante también estuvo presente, con gestos más duros, en otros momentos decisivos de nuestra evolución: fue la del español frente al indio, del criollo ante el español. Pero también hubo "tibieza" del inmigrante con su tierra de origen, porque quería reunir todas sus energías para apostarlas en el casillero del futuro. Bien o mal, así construimos nuestra historia los argentinos: volcando todas las luces hacia adelante y despojándonos del pasado como un lastre que dificulta la marcha. La divisa intelectual de las dos primeras décadas del siglo pasado fue plus ultra. Su euforia futurista cobró acentos épicos en los cantos a la Argentina (Darío) y a los ganados y las mieses (Lugones). 

Hoy nos encontramos lejos de aquella euforia y más bien sentimos la fatiga del futurismo. El horizonte se ha cerrado y es reemplazado por una retórica que lo invoca para ocultar el presente. Cunde el desánimo o el encono ciego y sin salida. Tampoco sabemos cómo insuflar en nuestros hijos el apego a su tierra. Es tiempo nublado. Al cabo de una accidentada aventura histórica, los argentinos hemos hecho un camino prodigioso integrando valores indígenas, hispánicos, criollos e inmigratorios; sin embargo, hoy nos sentimos en la cola del mundo. Justamente en un mundo que tiene la vista puesta en la idea de integración como meta de una formidable aventura cultural. La superación de las antinomias, el esfuerzo en favor de la fusión de opuestos o de su convergencia, son metas legítimas de nuestro tiempo en cualquier espacio de avanzada mundial. 

Veamos algunas de las promesas dominantes de nuestro tiempo. En la esfera de la globalización, por ejemplo, sigue siendo la unidad de lo diverso, su énfasis en lo humano global a través de la comunicación, el legítimo llamado cosmopolita a esa patria común que subyace en las patrias. Por supuesto, en este campo las frustraciones asedian, porque no se puede hablar de planetarización con un lenguaje de amo grosero y arrasando con las diferencias. En religión, crece el ecumenismo y el diálogo intercultural: los fundamentalismos violentos pueden ganar las calles pero no las conciencias. En cultura, las tradiciones más variadas se integran espontáneamente y van del brazo en música, ciencia, literatura, filosofía, moda, cine, televisión, arte culinario y turismo, pese a los agoreros de un "choque de civilizaciones". 

Hace décadas se difundió en la humanidad un progresismo que programaba enterrar el pasado apostando a la aparición revolucionaria de lo nuevo como solución integral de males humanos. Pero ocurre que hoy el pasado del mundo vuelve en casi todas sus formas, fecunda el presente con su variedad y presenta un paisaje prodigioso: la simultaneidad de lo diverso. Se abren archivos clausurados, ceden prohibiciones bochornosas; minorías regionales despiertan dentro de un contexto nacional dominante; por todas partes brotan ruinas que hacen del pasado prehistórico nuestro contemporáneo. Toman la palabra textos que durante siglos estuvieron mudos, e ideas que antaño brillaron como estrellas. El mismo arte de curar entremezcla terapias modernas y arcaicas nacidas, éstas, de culturas remotas. ¿Cómo hablar de "choque de civilizaciones"? 

Más bien habría que hablar de una "integración de civilizaciones", de simultaneidad de lo diverso, de lo propio y de lo ajeno. Pasa algo en el extremo del mundo y tomamos partido como si ocurriera a nuestro lado. Se tiende a entrecruzar los géneros: la lógica silvestre de los mitos primitivos se confunde con la razón discursiva; el mundo clásico enlaza con la modernidad; la lección del filósofo occidental, tan autosuficiente, busca nutrirse de la sabiduría de Oriente tanto como de un relato bantú de la Africa recóndita. Hoy el lector y el contemplador de cultura empiezan a ensayar, por vez primera, la experiencia de ser contemporáneos de todo-tiempo. La misma ciencia que en el siglo XVIII conquistó su autonomía frente a la religión, a la ética y a la política, hoy advierte que sólo puede preservar esa independencia efectuando nuevas alianzas con sus viejos contendores: estos mismos han cambiado. Pensemos en las incursiones de la bioética y el genoma humano: la ciencia no sólo busca prolongarse en la tecnociencia sino también en la sabiduría. 

Perdonen ustedes esta visión inevitablemente epidérmica del mundo contemporáneo, cuya mejor aventura tiende sencillamente hacia la integración, la interdependencia de las culturas, la coexistencia de lo diverso. Me pregunto con estupor: ¿no estuvimos acaso, nosotros los argentinos, viviendo esta experiencia en carne propia a lo largo de nuestra historia? ¿No hemos tratado acaso de complementar, fusionar, integrar tradiciones, genes, lenguas, nacionalidades, religiones, pasiones, estilos, ideas? Me resisto a creer que el actual colapso de la vida argentina malogre esa notable preparación de su historia para participar hoy en la más noble y audaz aventura del género humano. Resulta difícil aceptar que con el descalabro político y económico actual, también estemos perdiendo ese enorme capital que lentamente habíamos acumulado. Cuesta creerlo. Las culturas decaen luego de un florecimiento o mueren porque no se adaptaron a las nuevas condiciones de la creatividad humana. Decadencia o muerte. Ninguna de esas dos perspectivas son las nuestras. Por un lado no se sabe de qué florecimiento real habríamos decaído; por otro, el organismo social está vivo pese a la enorme sangría de la crisis. Al respecto pienso que la creatividad cultural argentina no decrece y constituye una reserva intacta. Esto me hace pensar que por suerte el país es sólo un organismo inestable: hay órganos que están menos afectados que otros y de ellos puede venir el torrente de salud que restablecerá el equilibrio. 

En las circunstancias actuales no debemos olvidar que la "apertura al mundo" fue un acto de fe fundacional desde 1810. Este acto creador continuó en el temerario país de las "Provincias Unidas de América del Sud" de 1816, el "dogma" echeverriano de 1837, el triunfo sobre Rosas, la Organización Nacional, la generación del 80, la Argentina "aluvional", la de la Ley Sáenz Peña y el desarrollismo frondizista. La meta fue siempre la apertura al mundo. Pero ese país abierto, en sus mejores momentos no se olvidó de sí mismo como nación. No estuvo dispuesto a caer en la anomia de una extraversión desmesurada, ni menos a renunciar a la condición de argentino. Esta condición, con sus contenidos de orgullo y autoestima, es hoy un imperativo vital. Incluso para salvar nuestra tradicional apertura al mundo

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Expirado

Una dirigencia convocada ampliamente para un despegue educativo

Sobre ese tema expuso en la segunda sesión de la Cátedra el presidente de Quickfood y vicepresidente de la Copal, la coordinadora de la industria alimenticia, Luis Bameule. A continuación transcribimos su ponencia: 

El empresario tiene responsabilidades muy importantes con la sociedad. Hay responsabilidades primarias y muy concretas que no siempre se manejan y se conocen con claridad. Tiene la responsabilidad de llevar adelante un proyecto concreto que no empieza y se termina en una sola operación. Es una secuencia que en lo posible debe durar lo más que se pueda. La idea es que la empresa se desarrolle de forma armónica y crezca. Eso es bastante diferente y mucho más abarcativo que de un simple negocio. 

A veces se confunde el hombre de negocios con el empresario. La empresa es algo distinto y tiene una proyección mucho mayor. El empresario tiene una responsabilidad grande sobre el producto o servicio que presta. Ese producto generalmente lleva una impronta, una marca que por un lado lo identifica y le da sentido, y por otro lado lo hace el último responsable de lo que ese producto implica. Eso agrega responsabilidad. 

El empresario necesita una rentabilidad, una utilidad. La utilidad es el medio más adecuado para mantener el nivel de inversiones y si es posible crecer a través del tiempo, para remunerar a los accionistas. Es bueno aclarar que cada vez más difiere el empresario con el dueño del capital de la empresa. Los empresarios hoy tienden a ser cada vez más administradores y no propietarios de la compañía. Pero el empresario tiene la obligación de conseguirle al inversor en esa compañía alguna renta y tiene otras obligaciones que son también primarias, como por ejemplo pagar los impuestos, la calidad del producto, el cumplimiento de los impuestos, de las obligaciones de tipo laboral, de los convenios colectivos, de los aportes patronales, y de las condiciones mínimas de seguridad. 

Este tipo de responsabilidades -que se puede decir que son primarias- en una sociedad como la nuestra todavía no están muy claras. Por eso a veces perturba que se hable de responsabilidades sociales que van mucho más allá de esas responsabilidades primarias.

Muchas veces los empresarios o quienes pretenden llevar adelante una inversión explican por que no se puede ir adelante con responsabilidades sociales no tan primarias. Primero, por los cambios permanentes en las reglas de juego. Argentina –Latinoamérica en general- mantienen una constante alteración de sus reglas de juego. Esto es un dato bastante conocido. Para encarar un emprendimiento de largo plazo se requiere un mínimo de predictibilidad. 

Las reglas de juego, particularmente en lo fiscal, se cambian con una frecuencia que realmente aterra. Además, como existe una cultura subyacente en el sentido de que el impuesto es alto, que presiona sobre la sociedad tanto en la empresa como en los particulares, y como la presunción o la percepción es que el impuesto no vuelve al contribuyente, entonces se desarrollada una cultura de evasión. Y eso termina generando una mayor presión sobre los que están inscriptos, sobre los que cumplen, que son casi siempre los mismos, sobre los que hay a veces una marcación casi personal, mientras que hay una buena parte de la sociedad que –o porque no esta inscripta o porque hace lo que puede- no entra en este esquema. Esta disparidad tampoco es un buen aliciente para cumplir con las responsabilidades sociales empresarias de tipo primario. 

El empresario tiene una responsabilidad adicional como dirigente de la sociedad. No es simplemente un administrador de bienes de una compañía, sino que tiene responsabilidades mayores sobre un grupo de personas, que no son solo su personal sino los clientes, los proveedores, etc. Una de esas responsabilidades adicionales es influir para que las reglas de juego sean mejores. 

En este punto muchas veces los empresarios confundimos lo que es trabajar para reglas de juego mejores, más claras y más transparentes, con reglas de juego que me sirvan exclusivamente a mí. Hay mucha energía utilizada por muchísimos empresarios para obtener por la vía del lobby no reglas de juego de orden general, que apunten a la transparencia, a un clima de competencia sana y abierta, sino más bien a obtener alguna ventaja puntual para el sector o para su propia compañía. 

Esto no es propio solo de la dirigencia empresaria sino que lamentablemente vemos que se repite en muchos otros sectores de la sociedad. Y esto me lleva a pensar que como la dirigencia es un reflejo de lo que es la sociedad en general, hay en nuestra sociedad un problema cultural, hay problemas de educación. 

Desde una dirigencia convocada ampliamente, a todos los sectores, deberíamos ver cómo se puede hacer para hacer un despegue educativo consistente, de largo plazo y que implique un cambio de verdad. 

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